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José Andrés Rojo, invitado internacional de Filuc 2017

"Donde no existe libertad de expresión los libros son siempre dinamita"

** El autor de "Vicente Rojo. Retrato de un general republicano", regresa a Venezuela después de la breve estancia que tuvo en Caracas con su familia en 1971. En esta entrevista habla de esa experiencia, de su trayectoria periodística y como narrador, de sus preferencias lectoras incluyendo autores venezolanos, sus hábitos para escribir y el libro que está preparando

La primera vez que José Andrés Rojo estuvo en Venezuela fue en septiembre de 1971, su familia se mudaba definitivamente de Bolivia a España, así que pasaron 5 días en Caracas, en casa de un tío paterno. Cuatro décadas vuelve a esta ciudad. La encontraría muy distinta y él también ha cambiado, ya no es el chico de 13 años que dejó atrás su país natal para encontrarse con la tierra de su abuelo: el general Vicente Rojo Lluch,el militar más importante de la República española durante la Guerra Civil, el hombre encargado de derrotar a Franco y a los militares rebeldes.

 

Precisamente, José Andrés se ha convertido en el biógrafo de este militar, católico y patriota –así se presentaba–, y con su libro Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (2006), ganó el XVIII Premio Comillas. Y como “lo que se hereda, no se hurta”, la república es un asunto recurrente de sus trabajos y se lo toma en muy serio. “Sí que vuelvo a ella y es por eso –por respeto a la memoria y legado de su abuelo–. Y si me permite, voy a repetirme: para saber qué perdió España con el triunfo de la dictadura”, afinca.

 

En efecto, cada vez que tiene ocasión se ocupa de este tema, como en el volumen colectivo coordinado por Ángel Viñas, En el combate por la Historia: La República, la guerra civil, el franquismo (2012). También lo hace desde los artículos que publica en el diario El País de España, a cuya plantilla se incorporó en el 1992, y ha estado vinculado desde entonces al suplemento Babelia y las secciones Cultura y Opinión.

 

También sabe que en países donde la libertad de expresión está en entredicho, los libros resultan una vía legítima para denunciar o dejar constancia histórica de ese acontecer, porque “en todos los lugaresdonde no existe la libertad de expresión los libros son siempre dinamita”.

 

La razón de su sentencia la atribuye al hecho de que, en ellos no solo se recoge lo que está pasando o se denuncien las arbitrariedades del poder, sino porque “son en sí mismos territorios de libertad. Y si pruebas el sabor de la libertad hay algo que te empuja a rechazar de inmediato las cadenas”.

           

Regreso a tierras pisadas

 

Volver a Venezuela responde a la invitación que le extendió la Universidad de Carabobo para participar en la 18.a edición de la Feria Internacional del Libro convocada por esta alma máter. Tiene una agenda apretada, que incluye conferencias, un taller de Crónica y foros sobre el lema de esta edición Para seguir leyendo, premisa que, a su juicio, se ajusta a cualquier título, porque “para seguir leyendo no hay otra que leer”, incluso los libros malos.

 

A petición del entrevistador, seleccionó tres obras para asociar esta frase con libros que le resultarían esenciales: El Quijote de Cervantes, La transformación o La metamorfosis de Franz Kafka; y los Diarios de Witold Gombrowicz. Y lo dice el hombre que se contagió de la enfermedad de leer cuando terminaba el bachillerato, y celebra no haber sabido curarse hasta ahora, porque “leer te lleva a escribir, y ya no quieres dejarlo”.

 

Otro retorno reciente fue el que hizo a su Bolivia natal después de una larga ausencia, a través de la novela Camino a Trinidad (2016). En ese libro su nación de origen está presente “de una manera rara”, porque regresa a reconstruir un viaje que hizo a finales de los setenta, pero lo que persigue es saber qué fue de las vidas de sus amigos después de que su familia emigrara a España y qué habría sido de él si se hubiese quedado. Y, por si acaso, aclara que  no guarda relación directa con la situación actual del país.

 

Una suerte de esquizofrenia

 

No hay que dar muchas vueltas para deducir que su vida está 100% dedicada a la escritura, entre el periodismo y narrativa. Pero tiene muy claras las diferencias entre una cosa y otra. Para él, el periodismo no tiene nada que ver con la literatura, son dos tareas profundamente distintas. “Vivo una suerte de esquizofrenia”, dice. Pero la sobrelleva a punta de horarios confrontados.

 

Entre las 9:00 p.m. y las 11:00 a.m, es un escritor que ve la vida y el mundo desde una distancia sideral, con extrema lentitud, sumergido en sus interioridades. De 11:00 a.m. a 9:00 p.m, toca el turno al periodismo “hacia afuera –dice– pegado a lo que está pasando”. Reconoce que la mayor parte del tiempo lo emplea al trabajo de editor. “Así que soy sobre todo un director de orquesta, un guarda de tráfico: dejo pasar a unos y detengo a otros”. 

 

Atender ambas facetas es cuestión de hábitos, los suyos no son nada complejos. Se levanta pronto para poder escribir un rato y prefiere leer por la mañana y la noche. El resto del día se vuelca en los artículos. Así nacieron la novela Hotel Madrid (1988), la biografía Peter Gabriel (1994) y el folletín Sexo, drogas y rock&roll en el Madrid de los años ochenta que está preparando.

 

Gustos de lector

 

Antes de dedicarse al periodismo se licenció en Sociología; intentó cursar la carrera de Economía, pero a los tres años se cansó; también aspiró estudiar Política, pero a los dos años desertó. Todo es aprendizaje, por eso de las lecturas de aquellos días rescata: Molloy, de Beckett, y una selección de poemas y ensayos de Octavio Paz.

 

La literatura venezolana tampoco le es ajena. Durante el “boom” latinoamericano se acercó a Arturo Uslar Pietri. Luego se deslumbró con José Antonio Ramos Sucre y tiene una gran admiración por la poesía de Rafael Cadenas y de Eugenio Montejo. Ha leído también –“menos de lo que me hubiera gustado”, dice– a Alberto Barrera Tyszka, Doménico Chiappe, Antonio López Ortega y al poeta y crítico Gustavo Guerrero. Me gusta mucho el humor y el espíritu crítico de Ibsen Martínez.

 

Y aun cuando se dice que, como consecuencia de la vorágine tecnológica, la gente no lee o cada vez lo hace menos, José Andrés Rojo se apunta al bando de los que defienden el creciente apetito lector, “pero –dice, como quien resalta esta preposición en negrillas– el prestigio de la lectura es menor”. En todo caso habría que asumir que las cosas están cambiando, “pero nadie sabe bien hacia dónde”.

 

Compromiso y oficio

 

Otro debate sigue abierto: por un lado están los que sostienen que la función de los autores debe estar comprometida con la sociedad en la que se desenvuelven, es decir, reflejar las inquietudes de la población en sus obras; y por el otro, los que prefieren ser fieles a sus propias necesidades creativas. José Andrés Rojo se abre paso en esta discusión convencido de que las “necesidades creativas” conducen al autor a un compromiso con la sociedad, porque “los grandes escritores hablan de su tiempo y consiguen ir más allá”. 

 

También admite no ser muy amigo del llamado escritor comprometido, porque a su juicio, a través de esta figura muchos terminan refiriéndose a “un tipo de funcionario político que, a ratos, escribe. No me interesa mucho, francamente”. Y más aún, se pregunta: ¿Cómo no va a estar comprometido un escritor con lo que escribe?”.

 

 Y, como unas palabras de aliento a los autores emergentes, dice: “Paciencia y buen humor”, ese es su recomendación. “Ya le dije que fui un lector tardío. También soy un escritor tardío. Así que me obligo a creer que no hay prisa”, comenta sabiendo que siempre hay algo que te avisa cuando estás listo. Eso sí, “mientras tanto, y mientras llega el aviso, no hay que dejar nunca de trabajar”.


 

Autor Autor: Daniela Chirinos
Fecha Fecha: 29.10.2017